Imagina en un lugar muy lejano… no en espacio, sino en escala… en dónde los infantes de cierta especie les regalan pequeños biomas autosostenibles. Como esos jardines miniatura en una pecera donde crecen algunas plantas y musgos y hasta hongos, sin tener que regarlo, porque la humedad dentro del bioma se mantiene constante. Excepto que en esa pecera, a esos niños, les regalan un universo.
Y ese universo incluye toda la incertidumbre que su conformación física conlleva. Esa sería justamente la gracia del objeto: ver que cosa sucede con tu universo. Los niños en la escuela llegan en la mañana con su mochila a la espalda y su bioma en brazos. Algunos cubiertos con una tela, otros sacudiéndolos como si fuera cualquier cosa. Todos conversando sobre lo que pasa en su pequeña esfera:
– “Mira, el mío tiene vida basada en carbono”
– “La vida en el mio es basada en arsénico”
– “Vida? Ya me tocaron 3 de esos, el mío se volvió un solo ser vivo con una única consciencia… y tuvimos que ponerlo a dormir.”
– “Mi bioma ya ha revertido el sentido del tiempo 3 veces.” – mientras todos miran al chancón del salón con cara de qué-pesado-eres.
Las madres se preocuparían de que sus hijos aprendan una lección de responsabilidad con cuidar su universo.
– “Mamáaaaaa mi bioma tiene humanos otra vez!”
– “Te dije que recuerdes sacudirlo.”
– “Lo sacudí cuando habían demasiados dinosaurios.”
– “Eso fue hace 66 millones de años! Te dije que lo sacudas al menos cada 8!»
Me pregunto si los seres de ese lugar tan lejano, se saben también parte de una simulación.
