Ella lo miraba con los ojos más grandes que vio en su vida, quieta como un volcán a punto de estallar.
“Te juro que hay una explicación racional para esto” le dijo. Su silencio le dio valor.
“Debe haber sido en el 88. Yo tenía unos 7. En uno de esos trayectos de domingo en el auto de mi papá, rumbo a la casa de mis abuelos. Debe haber sido a la altura de Angamos con Tomás Marsano, porque sonaba ‘Maestra vida camará, tarararira tarira y te da.’ Lo sé porque mi papá siempre ponía el mismo cassette y cuando llegaba esa canción, estábamos siempre en ese cruce con mi mamá ya dormida.”
“Ahí, entra volando por la ventana una pepa de mango chupada hasta el alma, me da en la cara y cae sobre mi pantalón. No podía moverme del asco, quería gritar pero no me salía la voz. Traté de levantar la pepa con las uñas, de uno de los pelos, porque no quería tocarla, pero la maldita pepa se caía de nuevo en mi ropa. Mi papá seguía cantando, mi mamá seguía dormida y yo seguía sin poder gritar. Conteniendo las arcadas cogí la pepa y la tiré por la ventana. Entonces me puse a gritar y luego a vomitar. Mi mamá no entendía nada. Mi papá casi se choca.”
De ella sólo emanaba silencio y un olor terrible.
“Así que cuando te acercaste para darme un beso y olí tu shampoo de mango…” dijo mientras lo interrumpía una arcada, “… bueno, por eso vomité.”
Los trozos de comida semi-digerida chorreando en su pelo empezaron a caer sobre el suelo.
“¡HUEVÓN, LÁRGATE DE MI CASA!”
Se fue corriendo y tomó el primer taxi que encontró, totalmente disociado hasta que escuchó la radio burlándose, al ritmo de “Maestra vida camará…”
